Concepción | “La IA sabe, pero no saborea”: el valor de la fragilidad, el lenguaje y la vida interior 

“La IA sabe, pero no saborea”. Con esa frase, el filósofo y profesor de la Universidad de los Andes, Joaquín García-Huidobro, resumió una de las reflexiones que atravesó el conversatorio “La palabra que falta: una conversación sobre comunidad e individualismo”, realizado por Faro UDD Concepción junto al escritor y profesor investigador de Faro UDD, Cristián Warnken.

La conversación se alejó de los habituales debates sobre las capacidades de la inteligencia artificial para concentrarse en una pregunta distinta: qué aspectos de la experiencia humana no pueden ser sustituidos por la tecnología. El lenguaje, la educación, la vida interior, la comunidad y la fragilidad fueron algunos de los temas que marcaron el encuentro.

Uno de los puntos que planteó Warnken fue la preocupación por el empobrecimiento del lenguaje. “Sin palabras no hay mundo”, afirmó. Si las personas cuentan cada vez con menos palabras para nombrar lo que sienten, advirtió, también se reduce su capacidad de comprender la realidad, de sentir y de relacionarse con los demás. Por eso insistió en la importancia de formar nuevas generaciones lectoras, capaces de reflexionar y construir una mirada propia en medio de un entorno dominado por la inmediatez.

A su juicio, la pregunta de fondo no es cuánto podrán hacer las máquinas, sino qué ocurrirá con las personas si dejan de cultivar aquellas capacidades que las hacen humanas. “¿Vamos a vaciarnos mientras la inteligencia artificial piensa y siente por nosotros?”, planteó. De ahí la necesidad de fortalecer un mundo interior rico, propio, capaz de sostener el juicio, la imaginación y la reflexión.

Warnken también destacó el valor de la comunidad como respuesta a una creciente digitalización de la vida. Frente a una cultura cada vez más mediada por pantallas, defendió la importancia de la presencia, del encuentro y de las conversaciones cara a cara. Incluso propuso recuperar ciertos espacios de desconexión como una forma de preservar la autonomía personal y evitar una dependencia total de la tecnología.

La fragilidad humana apareció igualmente como un tema central. En lugar de esconder los errores o entenderlos únicamente como fracasos, llamó a reconocerlos como parte de una experiencia compartida. “Rescatar los errores y nuestra fragilidad, como comunidad de seres falibles”, señaló.

Desde otra perspectiva, García-Huidobro centró parte de su intervención en la educación. Más que transmitir conocimientos, sostuvo, educar consiste en “enseñar a apreciar aquello que merece ser apreciado: lo bueno, lo bello y lo verdadero”. También implica desarrollar sensibilidad frente a aquello que degrada o daña la vida humana.

En ese sentido, afirmó que existe una diferencia fundamental entre las personas y los sistemas de inteligencia artificial. Estos últimos pueden procesar información con enorme eficacia, pero no pueden experimentar aquello que da sentido a la existencia humana. “La IA sabe, pero no saborea”, insistió. La capacidad de admirar, conmoverse y encontrar sentido en las cosas sigue perteneciendo al ámbito de la experiencia humana.

El filósofo también cuestionó la obsesión contemporánea por el éxito. Aprender a perder, aceptar los errores y renunciar a la necesidad permanente de demostrar inteligencia fueron algunas de las ideas que compartió durante la conversación. “Temamos a la mentira y a la maldad, no a los errores”, afirmó.

El encuentro dejó abiertas preguntas sobre la formación de las personas, el lugar que ocupará la tecnología en la vida cotidiana y el valor de aquellas experiencias que no pueden automatizarse. Al finalizar la actividad, uno de los asistentes resumió la jornada con una frase que capturó el espíritu de la conversación: “Este fue mi destello del mes”. Una observación espontánea que reflejó el impacto de un diálogo que invitó a detenerse, pensar y volver sobre preguntas que muchas veces quedan fuera del ritmo acelerado de la vida diaria.

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